(Sobre)vivir en grupo

Siempre estamos en grupo. Desde el momento de nacer, nuestros primeros vínculos con nuestros padres: la familia más allegada. Posteriormente, con el entorno cercano donde aprendemos normas de conducta, idioma, costumbres y moral. Luego, conocemos la familia más extendida. Vamos haciendo amig@s vari@s. Con el tiempo, podemos generar también nuestra propia familia al tener hijos. Y, por supuesto, también están las relaciones que establecemos en el ámbito laboral. Y, con tantos espacios para experimentar, ¿cómo es que llevamos tan mal determinadas compañías? Quizá porque durante la vida no solemos poner el foco en cómo sobrevivir en grupo.

La infancia

Actualmente vivimos en un entorno familiar donde los niños generalmente son cuidados por uno de los padres, o a lo peor, por los abuelos o familiares cercanos. Eso genera que ya desde pequeños, veamos a uno de los padres y el vivir en grupo se distinga en pocas ocasiones. Y luego, quizá, debido a la tecnología, el contacto con el entorno familiar sea limitado porque sea más llamativa la pantalla del móvil, el ordenador o la televisión.

Además, a los 3-4 años comienza la educación reglada donde en el sistema creado generalmente impera la valoración individual con los boletines de notas, las comparaciones con otros niños, y quizá competiciones para destacar entre los demás.

Hay también a valorar el que progresivamente el trabajo por proyectos que se vaya normalizando en las escuelas. Sin embargo, cuando se llega a la adolescencia el trabajo para apoyar la vida en grupo parece un espejismo.

La adolescencia

En la adolescencia (que parece que actualmente llega hasta los años 20) el trabajo previo en las escuelas generalmente se demuele. Vuelve la competición por obtener la nota necesaria para el acceso al estudio deseado (lo cual continuará en el grado formativo correspondiente). La única posibilidad para sobrevivir en grupo consiste en el ámbito de las amistades. Grupos espontáneos forjados a través de los medios de comunicación, modas y formas de distanciarse de las normas sociales imperantes para así forjar una personalidad común. Sin embargo, al no haber muchas veces educación previa, generan comportamientos agresivos y descorazonadores: bullying, suicidios, anorexia, bulimia, violaciones, entre sus formas más graves.

Y crecemos, y llegamos después de la titulación académica, al ámbito laboral.

El entorno laboral

Si uno ha sido un poco perspicaz al leer, habrá comprobado que si las personas que se incorporan al mundo laboral no han hecho nada para remediarlo, el problema sigue patente. Comenzarán posiblemente, en entornos con poca inteligencia grupal a arrastrar cargas de estrés, burnout, depresión, mobbing. Porque generalmente lo que prima es la productividad del trabajador por encima de otros aspectos.

Generalmente, la visión ante esas enfermedades es que la persona no se adaptaba adecuadamente a los requisitos laborales. Quizá que no tenía inteligencia emocional suficiente. Tal vez que se exigía demasiado y por ello se ha puesto enferma. O que ha tenido mala pata con el jefe de turno. Y de esa forma, nadie se siente responsable de ser parte de esa organización que, con su comportamiento, habrá provocado esa respuesta. Ni tampoco nadie mirará que había un analfabetismo grupal generalizado que había desencadenado ese sobrevivir en grupo.

¿Y qué hacemos entonces para no sobrevivir en grupo sino disfrutar de él?

Primero, debemos darnos cuenta que siempre estamos en grupo. Desde esa toma de conciencia, podemos reconocer diferentes aspectos:

  • Entender cuáles son nuestras habilidades interpersonales.
  • Observar cómo se comportan los grupos que co-creamos.
  • Examinar nuestra responsabilidad en la cultura grupal.
  • Elegir si queremos continuar viviendo en diferentes grupos.
  • Analizar qué rol grupal solemos tomar en los grupos. Y luego, si este es repetitivo o está en función de las demandas del entorno.
  • Formarnos en gestión de grupos para poder ser proactivos y creativos (y no necesariamente ni líderes ni facilitadores).

A partir de ahí, la perspectiva tanto de grupos, como de organizaciones y de la sociedad puede cambiar radicalmente. Uno puede comprender en qué momentos nuestro rol grupal demanda un comportamiento y elegir qué hacer. En esa libertad se puede encontrar el disfrute porque la obligación desaparece y surge, en vez de ello, responsabilidad, compasión y aprendizaje.

Gracias por leer mi entrada, ya sabes que cualquier comentario es bienvenido. Si tienes dudas, por favor, pregunta. Y claro, estoy abierto a cualquier sugerencia.

Fotografía: Por Mike Wilson en Unsplash

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